lunes, 12 de diciembre de 2011

NICOLINO, SU CAMPEONATO MUNDIAL Y UN POCO DE NOSTALGIA


En el 2004 le dedicamos un número a Locche.

AQUELLA NOCHE, la del 12 de diciembre de 1968, quedará en la historia como una de las más grandes del boxeo argentino. Nicolino Locche le ganaba por abandono a Paul Fuii en el décimo round y se consagraba campeón mundial welter junior de la AMB; el tercero de la historia después de Pascualito Pérez (1954) y Horacio Accavallo (1966), y el segundo de la era de Juan Carlos Tito Lectoure.
Lectoure fue el artífice del crecimiento internacional de Nicolino, amparado en la clase de su boxeador y también en su tremendo carisma, ya que cada vez que Locche se presentaba en el Luna Park, el lleno era completo.
Tal vez sea cuestión del hombre y sus circunstancias, como siempre. En aquellos años 60, años de Los Beatles y de Ringo Bonavena, del Pop y el Mayo Francés, o sea época de grandes cambios, Nicolino le dio un color diferente al boxeo.
Esquivaba, se reía de los rivales, charlaba con los periodistas y divertía a la gente. Un caso único, excepcional, que todavía hoy no se puede encuadrar fácilmente en los cánones del boxeo tradicional. Encima, contaba en su esquina con un entrenador de lujo como Francisco “Paco” Bermúdez, el primer maestro que tuvo Pablo Chacón.
Como suele ocurrir con los innovadores, un sector jamás le perdonó su desfachatez, su alegría, sus quites, amagues y barridos, sus bloqueos y su “poner la cara”, al rival, en medio de los “Ooooooooleeeeeee” de la gente.
Antes de subir al ring para enfrentar a Fujii, se quedó dormido. Era famoso por sus escapadas, que a veces duraban días. Era conocido por su afición al cigarrillo. Y por su falta de apego al gimnasio. Con todo eso, fue capaz de complicarle la vida a señores campeones mundiales como Ismael Laguna, Carlos Ortiz, Sandro Loppópolo, Joe Brown...
Algunos que a lo mejor ni siquiera lo vieron pelear en vivo y en directo, destacan que le “regalaron” muchas peleas. Acusación que, hoy, viendo algunos fallos, se reducirían a una simple ingenuidad producto del desconocimiento. Hemos visto, pegados al borde del ring, el desconcierto de muchos grandes, ante un hombre que jugaba a boxear, se divertía y divertía a la gente.
Pero ahí está Nicolino, con su romance único y extraordinario con el Luna Park, con su boxeo diferente, sus guiñadas, su sentido del humor. Ahí está Nicolino, a quien el público jamás olvidará, ése que, en cada esquive, en cada rotación de cintura, en cada amague, despertaba el “Ooooooleeeee” que bajaba de las tribunas, una ovación, un cántico, un símbolo. Nico, la noche del Luna, y luego subir caminando por Corrientes. Fiesta completa, fiesta total.

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